Me es muy difícil mirar hacia atrás para recordar uno de los episodios más oscuro y humillante de mi ya larga vida, pero, haciendo acopio de fuerzas, intentaré ser lo más verídico y exacto que mi desgastado cerebro me permita:
Corrían los bárbaros años ochenta, concretamente agosto de 1987. Los pelos cardados, las bermudas de llamativos colores, los vaqueros elásticos y láser causaban furor entre la juventud de medio mundo más preocupada de su imagen que de la guerra fría. Pero, ajeno a todo esto, en un poblado precioso de la alta Extremadura, allá donde Apolo depositó sus semillas creando una saga de apuestos jóvenes entre los cuales he de incluirme, muy a mi pesar, una organización secreta, pero no armada, veía la luz por primera vez. Y así nació la que es hoy internacionalmente reconocida como "La Tropa 69".
Corría la cerveza y otros jugos bendecidos por el dios Dionisos por las distintas tabernas del lugar. Dos muchachos marcados aún por el acné de la abandonada adolescencia, jugaban con su todavía virginal hígado en un intento de demostrar su hombría y su virilidad ante los ojos de las bellas damiselas y del consejo supremo de los melenudos rockermitas presidido por su ilustrísima magnificencia Letxuga, santo varón bendecido por la sabiduría de los años vividos. Los dos apuestos muchachos respondían a los curiosos nombres de "Gustox" y "Angelosox Sixx" y empapados en el vil alcohol deambulaban entre peñas y tabernas. La noche era calurosa y oscura, las gentes del lugar, ajenas al drama que se avecinaba, disfrutaba de unos días de fiesta; risas por aquí, rumores veraniegos por allá, en fin el eterno ritual del apareamiento.
Gustox y Angelosox quemaban sus últimas copas entre las divagaciones del primero. Parecía, por sus movimientos, que o bien tenían la tensión muy baja o bien tenían una cogorza del trece. Ilusos ellos creyeron que mojando sus largas cabelleras en la fuente de la pedanía los efectos abrumadores de la borrachera se les pasarían o al menos los dejaría pensar con un mínimo de cordura, el suficiente para no chocarse con las farolas.
Y así lo decidieron, se encaminaron a la susodicha fuente en busca del despejador líquido. Pero... oh! Gustox tuvo la desafortunada idea de cambiar la fuente de la plaza por otra que se encontraba en las afueras, de la que se decía que sus efectos desemborrachadores eran mayores aún.
Angelosox, cuya visión de la realidad, se encontraba también muy mermada asintió jubiloso dejándose llevar por la inocencia de la edad y por la presunta experiencia de su amigo en los temas relacionados con las cogorzas y las fuentes milagrosas, tan abundantes en esa tierra. Así, juntos y abrazados, pusieron pies en polvorosa en busca de tan ansiado elixir.
Por el camino cumplieron con todos y cada uno de los mitos y tópicos del buen borracho: canciones populares de Obús, Barón Rojo o Sangre Azul, caídas varias, risas y conversaciones con aquellos con quienes se encontraban fueran éstos conocidos o no.
La ruta elegida no correspondía con el itinerario ideal, pero a ambos les pareció un paseo delicioso, sin contar con alguna paradita para arrojar de sus estómagos hasta los garbanzos con chorizo y costillas de la semana anterior. La necesidad de hacer pis también hacía mella en la marcha de estos dos valientes.
Una vez llegaron, ambos introdujeron sus descerebradas cabezas en el agua milagrosa. Pero Gustox, en un alarde de inteligencia, que debería ser investigado por alguna comisión científica, olvidó que llevaba gafas puestas para intentar corregir su galopante miopía. Por lo que al sacar la cabeza su visión era prácticamente nula. Fue entonces cuando una abrumadora sensación de cansancio se abalanzó sobre él y semi-inconsciente cayó al barro que alrededor del pilón se había formado. Todo era borroso y las gotas de agua que había sobre sus lentes le hacía ver las distantes luces del pueblo, no más de cien, como si de Manhattan se tratase.
Su amigo, nervioso, intentó levantarlo en más de una ocasión, pero fue un intento inútil y, por entonces, Gustox era un chico fuerte con un cuerpo que no parecía propio de su temprana edad.
Angelosox, astuto como un sabueso, cambió su estrategia e intentó levantar a su embriagado amigo usando la psicología: y le hacía jurar una y otra vez por Satanás, puesto que Gustox era un acérrimo seguidor de unos líderes conocidos por el nombre de Venom. Pero éste seguía sin reaccionar y apenas si podía balbucear algunas palabras como: "No!, no!, no! por Satanás no!, por Dios!, por Dios que creo que me estoy muriendo". Sin duda alguna aquí se le vio el plumero.
Preocupado y desesperado, Angelosox corrió dando traspiés con la certeza de que atrás dejaba a su compañero moribundo o quizá ya muerto. Llegó al pueblo, aunque nadie sabe bien cómo, y buscó a los demás troperos, los cuales moraban por los distintos locales de diversión de la zona, unos dedicados al noble arte de la amatoria y otros siguiendo los pasos de Gustox y Angelosox.
Rápidamente dio con Michelex y con algún otro tropero como Romanix, los cuáles pusieron en marcha todo un dispositivo de búsqueda jamás visto por la zona, ya que Angelosox, por una extraña pérdida de memoria, que generaciones venideras también deberían analizar, no sabía en qué fuente había dejado a Gustox bajo los delirios del que se cree moribundo.
A la búsqueda se sumaron todo tipo de personaje, incluso los familiares del "presunto difunto", a los que les llegó la noticia de la desaparición por medio de alguna vidente o arte adivinatoria desconocida parta este humilde escribano, o bien por el chivatazo de algún desalmado.
Varias horas duró la interminable búsqueda de fuente en fuente, hasta que a altas horas de la madrugada los padres de Gustox, a bordo de un Renault 8 pilotado por un tío del desaparecido y acompañados por el Gudari Romanix, dieron con el desafortunado y embriagado joven.
Romanix, claro exponente del chicarrón del norte, en un esfuerzo sobrehumano que escapa a lógica alguna, cogió en brazos a Gustox de entre el barrizal formado por agua, vómito y bilis, aunque al final tuvo que solicitar la colaboración del padre y el tío de la víctima, y lo introdujeron como buenamente pudieron en el veloz R8 que a Gustox, entre sus delirios, le pareció el Halcón Milenario capitaneado por Han Solo.
Mientras tanto, y al otro lado del pueblo, Angelosox se ahogaba en un mar de alcohol y lágrimas creyendo muerto a su nuevo compañero. El resto de la noche Gustox la pasó acostado en una manta en el suelo de la modesta cocina de su humilde hogar. Cuando el sol volvió por Antequera la noticia había corrido de boca en boca como la pólvora. Desde entonces empezó a labrarse una mala reputación y probó el amargo sabor de la humillación.
Ni que decir tiene que aquel desafortunado joven era el autor de este relato verídico como la vida misma.
Moraleja: Cualquier fuente es buena para despejarse. No existen fuentes milagrosas anti-embriaguez.
Gusto
